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Entre Sade, Kant y Dostoyevski - cap 18 Pensando con Freud

El yo se ve zarandeado por los deseos inconscientes del Ello y por los deberes inconscientes del Superyó. Entre el Yo y sus actos, no sólo se localiza la libertad, sino también todo un sistema religioso al que obedecemos desplegando síntomas. Podemos estudiar el problema comparando los personajes libertinos del Marqués de Sade con los personajes de Dostoyevski, y en especial, de Raskolnikov, el protagonista de Crimen y castigo. El experimento de poner entre paréntesis cualquier consideración moral funciona en Sade, pero no en Dostoyevski. A modo de experimento más cotidiano podemos reflexionar sobre lo que se suele sentir a la hora de robar algo en una tienda. El esfuerzo por poner fuera de juego cualquier tipo de escrúpulo moral se estrella contra la tozudez de los síntomas. La cosa resulta muy ilustrativa si la comparamos con lo que ocurre en el caso del cleptómano. Comprobamos que lo que tenemos ahí es un “ladrón sin circunstancias”, un ladrón “eterno”, “fuera del espacio y del tiempo”, una persona que roba como si obedeciera a una voz superior que lleva en su interior. Si nos retrotraemos a capítulos atrás podemos ahora comprender por qué: en la superación del Edipo acontece siempre una suerte de teologización de la realidad. Las circunstancias de la realidad se sustituyen por imperativos. Lo que en el triángulo edípico era una realidad (de la que se podía escapar), ahora se transforma en un triángulo teológico que opera en nosotros cada vez que hablamos en primera persona (y que por tanto funciona como si se tratase de una voz dictada desde los cielos).

Malas noticias para Kant - cap 17 Pensando con Freud

En uno de los textos de Freud que estamos leyendo nos dice que el yo “se somete al imperativo categórico de su superyó”. Hemos visto que, en efecto, los síntomas se sostienen sobre una especie de moralidad inconsciente. ¿Está Freud, por tanto, proponiendo una explicación psíquica del imperativo categórico kantiano, haciendo algo así como un psicoanálisis del pensamiento ilustrado en su conjunto? Creemos que no. El superyó no es más que un subrogado del Ello infantil y los deberes a los que somete al Yo tienen que ver con un basurero amontonado por la infancia. Son deberes necios, ciegos y aleatorios, que producen síntomas neuróticos o, por lo menos, rasgos de carácter. Sin embargo, las consideraciones freudianas sí son una muy mala noticia para la Ilustración. La voz del superyó habla por los mismos medios que el imperativo categórico kantiano. Los síntomas, en efecto, son imperativos y son categóricos. No se dejan relativizar con razonamientos. No se dejan educar ni convencer. Esto dificulta enormemente la tarea educativa de la Ilustración, porque los síntomas no se combaten sencillamente diciendo la verdad. Ingresamos así en el mundo de la política, donde la batalla nunca se reduce a la confrontación entre errores y verdades. Eso puede ocurrir en la comunidad científica, pero en la política los errores tienen la consistencia de los síntomas. Esta es la razón de que el “populismo” sea siempre inevitable, en mayor o menor grado, en el mundo político. Nada de esto cambia el sentido del programa político que se propone la Ilustración ni tampoco constituye ninguna refutación o ninguna explicación psíquica de la ética kantiana. Pero no cabe duda de que es muy inquietante.

El Superyó. La moralidad inconsciente - cap 16 Pensando con Freud

En este nuevo capítulo abordamos una cuestión fundamental. No sólo somos, nos dice Freud, más inmorales de lo que creemos. También somos mucho más morales de lo que sabemos. Es decir, obedecemos a una moralidad inconsciente, que opera como una especie de religión privada en la que rezamos a dioses desconocidos. Por detrás de esos dioses, se esconden las identificaciones con los que, en nuestra infancia, fueron los objetos más grandiosos. Este descubrimiento es la palanca con la que Freud levanta la llamada 2ª tópica de la vida psíquica: Ello-Yo-SuperYo. El Ello responde al principio del placer, el Yo al principio de realidad y el Superyó, al principio del deber. Pero lo importante es que esto nos obliga no sólo a hablar de deseos inconscientes, sino también de deberes inconscientes. Descubriremos, además, que el secreto de nuestros síntomas y rasgos de carácter opera en base a esta moralidad inconsciente. Estamos ahora detenidos ante el abismo de cómo el principio del deber se inserta en las profundidades de nuestra vida psíquica. Pero esta “moralidad inconsciente” no tiene, en principio al menos, nada que ver con los preceptos morales, jurídicos o religiosos de los que somos conscientes. Por detrás de ella, no se esconde otra cosa que un montón de basura infantil, retazos de infancia que se han erigido por algún motivo en un destino para la vida del adulto.

Entre los simios y los dioses: El secreto del yo - cap 15 Pensando con Freud

Por un lado, hemos dicho que somos un Jesucristo mal hecho. También hemos dicho que somos un simio que se masturba con palabras. En esa encrucijada, tenemos algo de dioses y algo de monos. Hemos llegado a entender el secreto por el que siempre hablamos en primera persona. La primera persona es el único refugio que el Ello encuentra en el lenguaje para compensar lo que el lenguaje le ha hecho perder. Se trata de una especie de sueño que compensa al Ello por la mutilación que el lenguaje ha introducido en nuestras vidas. Y como el Ello siempre lo ha querido “todo”, se trata, inevitablemente, de un sueño teológico. Este sueño se manifiesta bajo la forma de síntomas con los que la primera persona, el Yo, tiene que cargar en su biografía. Y sin embargo, también es verdad que una vez que hablamos, podemos escapar de los síntomas. Así lo demuestran las matemáticas, porque lo que decimos en las matemáticas lo diríamos igual si en lugar de nosotros fuéramos cualquier otro. Y también en la poesía. Los buenos poetas son capaces de pronunciar una palabra sin síntomas, una palabra que se refiere al mundo tal y como el mundo sería al margen de la maraña de nuestras neurosis. Esta es el verdadero exterior de la caverna platónica, del que hemos hablado ya desde nuestros primeros capítulos.

El Pedante. Simios que se masturban con palabras - cap 14 Pensando con Freud

El triángulo edípico no puede ser abandonado si el Yo no se inscribe en otro triángulo que sea capaz de satisfacer al Ello sin producir efectos reales. El niño lo encuentra en el triángulo de los pronombres personales, YO-TÚ-ÉL, al que va a adherir las identificaciones con los objetos del amor y de la rivalidad edípicas. Es el único lugar de la casa en el que los tres vértices del triángulo son intercambiables, el único lugar en el que puedes fundirte con mamá y con papá al mismo tiempo “sin que pase nada”. Porque ese “lugar” ni siquiera existe, es una fórmula lingüística, la fórmula por la que hablamos en primera persona. Así pues, el niño tiene que ser capaz de satisfacer en su hablar en primera persona todo aquello que antes intentaba satisfacer en la realidad del Edipo. Por eso, los seres humanos le cogemos gusto a la primera persona y aceptamos vivir siendo un YO, frente a un TÚ y en presencia de un ÉL (esto no viene de suyo: los ángeles no hablarían en primera persona porque carecen de sexo, y el niño podría no haber ingresado jamás en una vida en primera persona, limitándose a ser un Ello sin más). En ese intercambio de los pronombres personales (todo YO es un TÚ y un Él al mismo tiempo), se ha incorporado un sueño psíquico capaz de sustituir a la realidad edípica. Por eso, al decir YO, desplegamos síntomas, porque no podemos decir YO sin movilizar todo un complejo paquete de identificaciones. Este es el secreto de lo que llamamos nuestro carácter. Si nos fijamos bien, este triángulo lingüístico es un instrumento para la satisfacción del Ello, para una “satisfacción sin efectos reales”, es decir, un instrumento para la masturbación. Detrás del sujeto hablante, siempre hay un “simio que se masturba” con el lenguaje. El lenguaje nos “diviniza” y nos sitúa más allá de la naturaleza, pero al mismo tiempo, tiene que servir para que un simio se entretenga con la masturbación. Esta ambivalencia de lo lingüístico en el ser humano (los ángeles no tendrían este problema) se puede experimentar directamente cuando observamos a un pedante. El pedante parece estar hablando con nosotros, pero, en realidad, se está escuchando a sí mismo, gozando con sus propias palabras. Para el ser humano, el lenguaje siempre es un arma de doble filo.

Escapar del Edipo: La identificación con el amado - cap 13 Pensando con Freud

El problema de cómo escapar del Edipo nos obliga a volver a plantear la encrucijada imposible que ya comentamos capítulos atrás: cómo lograr que el Ello, que nunca renuncia a sus pretensiones, abandone sus exigencias sobre la realidad. Inspirado por lo que ocurre en las psicosis melancólicas, Freud explica que esto se logra mediante una identificación con los objetos amados. El Yo asume la tarea de parecerse al objeto que hay que perder, ofrecerse al Ello como objeto de amor, adquiriendo su aspecto. Es el momento que vamos a llamar: la identificación con el objeto amado. En virtud de la bisexualidad constitutiva que vimos en el capítulo anterior, tenemos ahora en juego, por tanto, dos identificaciones con el rival y dos identificaciones con el objeto amado, todo un álgebra de cuatro incógnitas que tiene que resolverse en la ecuación de nuestro carácter, en algún lugar recóndito de nuestra vida psíquica. Este dispositivo por el cual los objetos de amor acaban por transformarse en rasgos de carácter podemos ilustrarlo en nuestra propia experiencia observando qué es lo que más pone de los nervios a las personas celosas: descubrir que los amantes dejan su huella en el carácter de la persona amada. En resumen, el Ello no acepta renunciar a sus pretensiones más que a condición de que el Yo acepte el compromiso de convertirse en una especie de sueño que hay que soñar despiertos en todo momento, un sueño en el que Ello encuentre satisfacción, pese a haber renunciado a sus pretensiones en la realidad.

La bisexualidad y el Edipo completo - cap 12 Pensando con Freud

En El Yo y el Ello (1923) Freud comprende que la bisexualidad constitutiva del ser humano nos obliga a hablar de lo que llamará el Edipo Completo, en el que el niño y la niña intentan completar la totalidad por el lado de la Madre y del Padre al mismo tiempo. Es un triángulo en el que todo se estorba con todo a la hora de formar una totalidad capaz de remediar la herida abierta por el hecho de haber nacido. Es ahora cuando Freud se plantea explícitamente la segunda parte del Edipo, la que implica su superación. Para ello, es preciso abandonar el objeto amado, aunque el axioma freudiano que hemos sentado hasta aquí es la de que “el Ello jamás renuncia a su satisfacción”. Para salir de esta encrucijada es preciso recordar el papel de los sueños: proporcionar al Ello una satisfacción sustitutoria, mediante una alucinación. En estos momentos, Freud recuerda lo que había dicho en su artículo “Duelo y Melancolía”. Allí descubrió que en las psicosis “melancólicas” el sujeto se identificaba con el objeto amado para soportar su pérdida y poder abandonarlo en la realidad. Es decir, es como si el propio yo asumiera el papel de una alucinación onírica capaz de engañar al Ello y hacerle renunciar a sus pretensiones en la realidad. Ahora va a caer en la cuenta de que esta puede ser la clave de la resolución del complejo de Edipo.

Edipo / Identificación con el rival - cap 11 Pensando con Freud

Abordamos hoy la primera etapa del complejo de Edipo, que es la más famosa. Una vez que el niño ha comprendido que la Totalidad no se puede completar desde el lugar en el que él está, sino desde el lugar al que hemos llamado “Padre”, comienza lo que Freud llamó “identificación con el rival”. Se trata del intento del niño de ocupar el lugar del Padre, según la fantasía de Sófocles en Edipo Rey. Es un momento en el que el niño admira a su padre porque quiere suplantarle, al mismo tiempo que lo odia por estar donde él no logra estar. Es la famosa “ambivalencia” freudiana respecto del padre. Pero esto es sólo la primera etapa del Edipo. En los próximos capítulos, mediante una lectura de El yo y el ello, veremos como Freud modificó y completó este esquema simple por uno más complejo, en el que podremos encontrar la clave de la inserción del niño en la vida adulta en tanto que sujeto hablante.

Edipo / Cú Cú - Tras Tras - cap 10 Pensando con Freud

La estructura triangular del deseo no tiene tanto que ver con el tipo de familia como con la lógica interna del deseo, que nos obliga a operar con tres variables: el que desea, lo que satisfaría el deseo y lo que puede fustrar esta satisfacción. El recién nacido, el bebé, no comienza distinguiendo los contornos de su cuerpo de los del cuerpo de su madre. Su primer deseo es, sin duda, el de volver a fundirse con la madre, el deseo de volver al seno materno, de no haber llegado a nacer. En este sentido, su mayor anhelo es volver a conformar una Totalidad a la que nada le falte, algo así como un Dios. Pero desde el momento del nacimiento, esa Totalidad está amenazada, se compone y descompone según su madre aparece y desaparece. El niño aprende entonces a jugar al Cú Cú / Tras Tras. “Sin ti no soy nada”, podría decir, pero esa “nada” comienza a acostumbrarse al juego de la presencia y la desaparición. Hasta que un día se hace el fatal descubrimiento de que el acceso a mamá está en otro sitio distinto: el lugar del Padre, si queremos llamarlo así (es una mera cuestión terminológica). Es entonces como se empieza a dibujar el triángulo del Edipo, de cuyos destinos hablaremos en próximos capítulos.

Ritos, síntomas y sueños. Los pueblos también sueñan - cap 9 Pensando con Freud

Para que haya cultura, hay que hacer soñar a la Naturaleza. Para poder hablar hace falta soñar. Este es el gran descubrimiento freudiano. Todo depende de que logremos encontrar un medio para satisfacer sin producir efectos, algo así como un nietzscheano “nihilismo satisfactorio”. Tenemos por tanto que concebir una especie de abismo de nuestra vida lingüística, en el que se instala un sueño en el que satisfacemos todo aquello que el lenguaje mismo nos ha hecho perder. Esto es lo que esconde por debajo de los síntomas y, también, de los ritos culturales, que son una suerte de síntoma que despliegan las sociedades. Son el efecto secundario de una satisfacción que no produce efectos. Las sociedades se masturban en su vida religiosa, de la misma manera que las personas lo hacemos con nuestros síntomas psíquicos. Es muy importante sacar las conclusiones de este descubrimiento freudiano: las identidades culturales y nacionales no son más que un medio para otros fines, un tributo que tenemos que pagar para desplegar una vida propiamente humana. No somos gallegos o escoceses para ser gallegos o escoceses, sino porque eso de ser gallego o eso de ser escocés es la única fórmula que hemos encontrado para ser humanos, es decir, para ser libres.