Habíamos dejado, en el capítulo anterior, a Dios perplejo ante la Naturaleza, como si contemplara que él mismo no existe, puesto que no hay relaciones lógicas de ningún tipo. Comienza entonces la Filosofía de la Naturaleza, la segunda parte del sistema hegeliano. Ahora bien, la Naturaleza está agitada por una especie de inquietud interior, se mueve, y de ese movimiento surgen constantemente nuevas formas, algunas de las cuales, como ocurre con los cristales, parecen ser un esfuerzo defectuoso que intenta imitar lo lógico. Y así ocurre hasta que, en la Naturaleza aparece el hombre, que en su prehistoria, tiene ya una IDEA, una relación lógica, en la cabeza. En ese momento tenemos lo lógico existiendo en el tiempo y eso es, en efecto, la HISTORIA, el ESPÍRITU, el “logos hecho carne” en la Humanidad. Harán falta todos los esfuerzos de la Historia para que el ser humanos sea capaz, finalmente, de escribir la Ciencia de la Lógica, de tal modo que Dios se reconoce ahí, por fin, como plenamente existente. Pero ahora ya no es meramente lógico, ahora es también material, es el lógos hecho carne, es Espíritu. Lo lógico ha trabajado, ha arado la naturaleza, la ha transformado por entero y pretende incluso gobernar la realidad con el triunfo político de la Ilustración. Dios ahora puede reconocerse en el Mundo. Ahora es cuando podemos entender mejor la sentencia hegeliana: “sólo lo espiritual es real”. En esto consiste el Idealismo de Hegel. Ahora bien, ¿qué implica el idealismo hegeliano? Lo discutiremos en el próximo capítulo.