Cada año, más de 100.000 mexicanos que viven en Estados Unidos son deportados a México. Muchos de ellos crecieron y pasaron décadas en América, trabajando, pagando impuestos y formando familias. Algunos ni siquiera pueden hablar español. En cuestión de días, se ven arrancados de sus hijos y seres queridos y escoltados a través de la frontera. Incapaces de regresar a casa y sin posibilidad de apelar su deportación.
La ciudad fronteriza de Tijuana se ha convertido en una especie de esclusa entre dos mundos, donde terminan las vidas rotas de los migrantes. Para muchos de estos deportados, el único trabajo disponible está en centros de llamadas estadounidenses reubicados. Pasan sus días respondiendo llamadas de consumidores estadounidenses, fingiendo trabajar desde Estados Unidos, y sus noches mirando las luces al otro lado de la frontera, tratando de mantener algún tipo de contacto con las familias que dejaron atrás.
Rocío, Richard y Sergio son solo tres de los afectados. Los seguimos durante casi un año mientras luchan por entender la situación en la que se encuentran y reconstruir sus vidas.