Chile atraviesa una crisis social y medioambiental que está resquebrajando los cimientos de su sociedad. Considerado durante años un país próspero y envidiado por sus vecinos empobrecidos, hoy enfrenta una crisis migratoria sin precedentes. Las barriadas se multiplican, la inseguridad y la delincuencia se disparan, generando una tensión social inédita. La antes privilegiada clase media se encuentra atrapada entre los extremos.
Poco se conoce del país como potencia minera de primer orden: Chile es el principal productor mundial de cobre. En el desierto de Atacama se encuentra la mayor mina a cielo abierto del planeta. El país también extrae litio y manganeso, y alberga algunas de las granjas de salmón y recursos marinos más productivas del mundo.
Al frente de esta economía se sitúan grandes grupos industriales, en su mayoría en manos de antiguas familias chilenas. Algunas amasaron sus fortunas en los años 70 gracias a sus estrecho vínculo con el régimen de Augusto Pinochet. Entre ellas, la familia Pérez Cruz —con el monopolio de la distribución de gas— que nos abrió las puertas de su intimidad. Forman parte de una reducida élite chilena decidida a preservar los valores tradicionales.
A esta situación se suma una creciente preocupación por los efectos del cambio climático y la contaminación derivada de las industrias minera y textil, especialmente en un país donde el clima es ya de por sí extremo. En algunas regiones, simplemente, ya no llueve.