En Maryland, la tolerancia cero es la norma. El sheriff Chuck Jenkins, quien también es alcaide de la prisión de Frederick, se enorgullece de su dura reputación. Aquí, los reclusos visten uniformes a rayas y cada aspecto de su vida está estrictamente controlado. El sheriff ha invertido medio millón de dólares para tener un sistema con la tecnología más avanzada, que permite a los guardias monitorear en tiempo real hasta el más mínimo movimiento de los prisioneros.
Pero a pesar de las estrictas regulaciones, el líder de una banda, Blake, ha encontrado la manera de burlar la vigilancia. “El sheriff cree que tiene el control, pero en realidad no tiene ni idea”, afirma. Según él, algunos de los guardias trabajan para ellos. Hace unos años, en otra cárcel, su banda logró establecer una red de tráfico de alcohol, drogas y teléfonos móviles con la ayuda de algunos alcaides.
En Jessup, la prisión local de mujeres, madre e hija, Natasha y Chamal, esperan optar a la libertad anticipada. Recibieron sentencias de 20 y 28 años tras verse involucradas en una pelea en la que le rompieron las piernas a un hombre. Chamal tenía solo 16 años en ese momento. Pero en el profundamente conservador estado de Maryland, la clemencia no es una medida popular. ¿Qué posibilidades tienen?